Supongo que ser escritor es una especie de coartada perfecta…
Conocer el universo en que se mueve alguien que se dedica por completo a las letras, es siempre un desafío, no tanto por la cantidad de conocimiento que absorbe debido a su curiosidad, sino por aquellas respuestas que además de las habituales se pueden leer entre líneas, aunque el discurso sea muy diáfano como es el caso de Yoss (a.k.a. José Miguel Sánchez Gómez), quien en estas preguntas no solo responde a las inquietudes del entrevistador sino que además, amplía para aquellos cultores y lectores del género.
Si tuvieras que explicarle a un biólogo por qué dejaste el laboratorio por la ficción, y un escritor por qué elegiste el camino literario ¿qué le dirías cada uno?
Pues ambos recibirían la misma respuesta: siempre soñé ser escritor de ciencia ficción, y si estudié biología fue para darle una base científica a mis textos. No con el objetivo de pasarme la vida en el laboratorio, por mucho que me gusten los animales. Aunque confieso que también era mi plan B: si no lograba ganarme la vida con las letras, me quedaban los microscopios y cladogramas. Ya sabes: sí trabajas en lo que te gusta, no trabajarás ni un día en tu vida. Pero supongo que puedo decir que soy un autor afortunado; uno de los pocos que en Cuba vive de lo que escribe. La ciencia me ha dado ideas, sin duda… pero también disciplina, rigor a la hora de trabajarlas. Equilibrio perfecto, diría.
Muchas de tus obras involucran monstruos o criaturas que tienen base en tu propio conocimiento, sin descontar la parte ficcional. Pero, cuando diseñas una especie, un virus o una mutación en esos personajes ¿partes de primero de la idea narrativa y buscas la biología que la sostenga, o al revés? Pon un ejemplo concreto de un libro tuyo donde puedas reconstruir ese proceso paso a paso.
Uh, en realidad supongo que es bastante raro que un creador sea consciente de sus procesos mentales. Personalmente, creo que la mayor parte de las veces sólo acumulo conocimiento científico interesante, pensando en cómo podrá serme útil para alguna trama futura. Y tengo esta visión acumulativa no solo con la biología, sino con otras ciencias, sobre todo la historia. Así, es excepcional que tenga una idea que me pida investigar desde cero; por lo general ya parto con un background básico que sólo necesito ampliar o profundizar. Supongo que ser escritor es una especie de coartada perfecta para poder interesarse en muchas cosas a la vez. Pues me considero un filósofo en el más puro sentido de la palabra: amigo del conocimiento
Por ejemplo: en Súper Extra Grande, mi novela corta de ciencia ficción que fuera premio UPC en 2010, y una de mis historias más traducidas (al inglés, al chino, al bengalí) la idea básica fue narrar las peripecias de un veterinario especializado en tratar a animales súper gigantes. Pero resulta que sé muy bien que no basta con aumentar desmesuradamente las dimensiones de cualquier ser vivo para volverlo un monstruo verosímil y aterrador. Una araña de 30 metros de envergadura no podría caminar: estos seres estiran las patas aumentando la presión interna, sin usar músculos… y no hay materiales biológicos conocidos que soporten la sobrepresión hidráulica indispensable para tensar miembros tan enormes. Sin contar con otros problemas, como que al aumentar el tamaño de un animal, su peso aumenta en proporción cúbica, pero su extensión superficial sólo en razón cuadrática, motivo por el que los seres vivos mayores tienen menor pérdida de calor dérmico… y necesitan, a la vez, patas mucho más gruesas que los pequeños, proporcionalmente, para sostenerse. Un animal pequeño, como un insecto, puede también pasársela sin sistema circulatorio y respiratorio complejos: por simple difusión, el aire puede llegar a todas sus células. Pasadas ciertas dimensiones, esto ya no es posible.
Muchos factores ¿ves? De tal modo, para diseñar a las que definí como criaturas vivas más colosales de la galaxia, los lagotones del enorme planeta Brondinnag, astutamente me basé en una de las entidades biológicas más pequeñas y curiosas conocidas: los hongos mixomicetos. Mis lagotones son amebas de kilómetros de extensión, que se deslizan con gran lentitud mediante corrientes de protoplasma que extienden sus seudópodos. Por eso no necesitan esqueletos ni músculos, que serían ineficientes en la gran gravedad local. Tampoco tienen enemigos porque no hay otra forma de vida en su mundo: se alimentan de los detritus orgánicos que caen de la órbita. Respiran a través de toda su superficie… y a la hora de reproducirse, pueden “esclorosarse” para convertirse en enormes estructuras tipo volcán, capaces de lanzar muy lejos sus esporas.
¿Podrían existir organismos así, en la realidad? Probablemente no, al menos en el tipo de ecología que conocemos; sería complicado que simples células evolucionaran hasta volverse tan gigantescas, ante de que otras las devoraran. Pero, en otro mundo, sin más habitantes en el ecosistema, y suficiente tiempo para que la madre naturaleza hiciera su magia… ¿quién sabe?
Y esa, después de todo, es la pregunta fundamental de la ciencia ficción: ¿qué pasaría si…?
¿Hay algún principio de biología evolutiva -selección, simbiosis, parasitismo- que uses como “motor oculto” en varias de tus novelas sin que el lector lo note como tal?
Básicamente, no; cuando introduzco uno de estos fenómenos en mis textos, suelo aclarar bien de que se trata, ya sea a través de algún personaje con conocimientos del tema, ya mediante el narrador. Creo que podría deberse a que me formé con lecturas de la ciencia ficción clásica, que a menudo tenía un claro propósito divulgativo, sobre todo en el campo socialista, donde se proponía explícitamente fomentar vocaciones tecnológicas y científicas.
He usado en mis escritos muchos conceptos biológicos exóticos, o al menos que los legos no suelen dominar. Como neotenia, cleptoparasitismo o necrogénesis (con permiso de Brian Aldiss, que aventuró el concepto original en su trilogía de Heliconia) Pero siempre los llamo por su nombre. No hacerlo, pretenderme su inventor, me parece… desleal con el público. Como atribuirme méritos ajenos. Y cuando he creado conceptos nuevos, también procuro buscarles una denominación bien característica: ¿quién sabe? con algo de suerte, la palabra hasta podría volverse popular.
En La escuela del camino ¿sobre qué base creaste a las criaturas que involucra la novela?
Me basé en el fenómeno de simbiosis/fusión/absorción interespecífica, bien conocido en la historia biológica de la Tierra. El responsable, por ejemplo, de que las bacterias eucariotas tengan mitocondrias, organelos citoplasmáticos especializados en la obtención y suministro de energía a toda la célula. Una vez, hace muchos millones de años, esas mitocondrias fueron bacterias de vida libre de otra especie, pero fueron asimiladas por las células que hoy las contienen. Otro ejemplo es el de los líquenes, asociaciones entre algas y hongos tan mutuamente beneficiosas, que las especies que los integran ya no pueden vivir por separado.
De tal modo, en el planeta Egea de mi novela vivía una raza humanoide, racional y anfibia, los nereos. Construyeron una civilización, pero sus hembras ponían cada vez menos huevos y ya se estaban extinguiendo, probablemente por empobrecimiento de su acervo genético debido a endogamia sistemática… cuando llegaron los colonos humanos, que casi mueren de hambre en los primeros años, dado que no podían comer nada de lo que vivía en el planeta, por su bioquímica exótica.
Pero, al cruzarse ambas razas, surgieron híbridos fértiles e igualmente anfibios… cuyas otras características concretas no voy a spoilear aquí.
Sólo falta añadir que esta mezcla fue posible por la enorme elasticidad genética de las especies de Egea, que aún se siguen mezclando entre sí. Y que, cuando muy raramente y por pura regresión, nace algún humano puro en este mundo… nunca dura mucho antes de morir. No e s un mundo para humanos no modificados.
En tu opinión ¿qué error biológico cometen habitualmente otros autores de ciencia ficción que a ti, por tu formación, te resulta imposible perdonar?
Ah, serían varios. Ya cité el del gigantismo mecánico: si una araña es terrible, cien veces más grande debería ser cien veces más terrible. Lástima que entonces no podría ni respirar ni moverse, el pobre bicho.
También está la falacia evolutiva terrestre: pensar que en otro mundo habrá también aves, anfibios, peces y reptiles. O sea: clases de criaturas surgidas con nuestra evolución. Pero otra evolución, otras condiciones, generarían categorías muy distintas de seres vivos: por ejemplo, insectos con vida subacuática, medusas gigantescas flotando gracias a bolsas de gas más ligero que el aire dentro de sus ejidos o aviformes de cuatro alas que nunca tuvieran que posarse.
Una tercera sería la obsesión humanoide ¡el homo sapiens no es la cumbre de la evolución, ni mucho menos! De hecho, este proceso no tiene cumbre… es sólo adaptación a ciertas condiciones, no una escalada teleológicamente predestinada a generar humanoides bípedos con manos y visión binocular. La inteligencia no tiene que adoptar por fuerza formas parecidas a nosotros, pese a lo que creyeran ¡o les obligaba el PCUS a escribir! tantos autores soviéticos. Ni siquiera debe estar constreñida a hormigas coloniales con raciocinio o leones bípedos autoconscientes. Los filmes y los seriales para TV estuvieron muy limitados por los efectos especiales antes del CGI; por eso Star Trek y Star Wars pululan de humanoides. Pero no es obligado que nuestros hermanos de intelecto lo sean; más bien, sería extrañísimo que, entre todas las formas posibles, coincidieran con nuestro plan corporal.
Por último, algo que también me hace reír es el mito del depredador furioso e irreflexivo: llega el explorador humano al planeta, y la bestia local al punto trata de comérselo ¡Absurdo! Es no tener la menor noción de ecología: los animales cazadores de la Tierra no atacan nada que no conozcan y sepan comestible, y que además puedan abatir sin grandes esfuerzos o riesgos. Una forma de vida nueva y/o desconocida los hace comportarse con prudencia ¿y si es fuerte o venenosa?
Hasta un súper parásito híper adaptable, como el xenoformo de Alien, tendría sus reparos en atacar a ciertos hospederos. Ningún depredador carga con los ojos cerrados contra todo lo que se mueve… tal comportamiento, paradójicamente, es más frecuente en herbívoros que protegen su territorio para reproducirse.
Y, como de seguro ya te das cuenta, el tema me apasiona de veras. Podría escribir páginas y páginas sobre estos lugares comunes. En realidad, ya lo he hecho, en algún que otro artículo.
¿Qué intenta trasmitir, realmente, La escuela del camino?
Eh ¡eso es trampa! Nunca se le pregunta a un autor que trató de decir con una obra; a fin de cuentas, esa intención es siempre secundaria. Lo que cuenta es lo que cada lector saque de ella.
Eso sí: puedo confesarte mis propósitos originales al escribir esta novela. Ante todo, homenajear a Conan, el personaje de Robert E. Howard, imaginando una aventura más bien crepuscular de un alter ego suyo, veterano y cansado, pero aún con ganas de vivir. En segundo lugar, explorar qué nos hace humanos. Porque no es tener cinco dedos en las manos, vivir menos de 150 años y no poder respirar bajo el agua… sino tener ansias sueños, construir una sociedad. Creo…
¿Lo logré… o no? la última palabra como dije ya, la tendrán los lectores.
¿Qué evitas conscientemente de la ciencia ficción anglosajona -temas, estructuras, tics de estilo- precisamente porque sientes que ya está sobreexplotado allí y quieres que tu ciencia ficción se lea como otra cosa?
Ante todo, aclararé que me asumo como autor latino, que escribe en la lengua de Cervantes. No pretendo que mis textos parezcan traducidos del inglés. No lleno mis cuartillas de personajes anglosajones, no creo que todos los héroes deben llamarse Rick o Chuck y todas las damiselas en peligro ser rubias tontas y tetonas. Trato de subvertir los clichés de género y nacionalidad, de manejar lo universal; no por cubano tampoco son coterráneos todos mis protagonistas. Por ejemplo, en La escuela del camino aparece un personaje dravídico e hindú.
Intento evitar también conceptos manidos, como el de que los humanos somos los altruistas superiores que llevaremos cultura a otros mundos: me gusta explorar la posibilidad de que choquemos con civilizaciones más antiguas y avanzadas que nosotros mismos, tecnológica y éticamente, y el sentimiento de frustrante inferioridad que eso podría provocarnos.
Tampoco considero que todo contacto con otras inteligencias debe, por fuerza resolverse de forma violenta y bélica.
En fin, que cuesta cada vez más ser original, ya seas anglosajón o latino.
Si el mundo de la ciencia ficción tiene sus propios centros de prestigio (Nueva York, Londres) y sus periferias ¿en qué lugar de este mapa sientes que te ha tocado escribir, y qué has tenido -estilística, temáticamente- para que ese lugar no te condene al margen?
Escribo en español y en un país del Caribe hispanohablante… entonces, por fuerza, soy periférico, en un género que se escribe en inglés y en países anglosajones, en primer lugar… y sólo luego, en chino, francés y ruso, sobre todo en los últimos tiempos.
Mi solución a este problema, si alguno tengo, es la que ya te planteaba arriba: no escribir tratando de negar mi color local, mis particularidades culturales… sino abrazarlas, buscando la universalidad a través de lo particular. Porque tampoco soy un cubano típico, en tanto que blanco y metalero ¡el estereotipo de nativo de mi isla es el mulato salsero! Pero igualmente intento convertir mi relativa rareza en una ventaja, que no en un hándicap. Por supuesto, mis textos no sirven como guía de viaje para conocer Cuba ¡pero ya hay demasiadas de esas!
En tu opinión ¿crees que existe una ciencia ficción autóctonamente cubana? ¿ha sido heredera de alguna otra?
Sí que existe: y es el resultado de la improbable confluencia de los modelos anglosajones de CF con los soviéticos y de otros países del extinto campo socialista, a los que estuvimos expuestos casi en igual proporción entre 1959 y 1991. Y si a esas dobles raíces se les suma el ingrediente del choteo cubano, el humor, de esa hibridación tan insospechada surge la CF cubana, única e irrepetible… o al menos tanto como lo son otras: la francesa, la nipona, la china, la hindú. Ya sabes: quien copia a uno, es un plagiario, por muy bien que lo haga; pero si copias a varios, revuelves bien la mezcla y le agregas algo muy tuyo, entonces eres original, y te estudiarán en la academia, tras los aplausos.
¿Qué otro criterio sobre La escuela del camino puedes aportar y qué realmente podría aportar a los escritores actuales?
Ante todo, es una indagación sobre los límites del espíritu humano, la relatividad cultural… y la amistad. Bastante introspectiva, por momentos. Pero también una novela de aventuras planetarias, que intenta recuperar ese sentido de la maravilla de los clásicos de la era pulp del género: tiene combates cuerpo a cuerpo, lucha contra monstruos, conspiraciones y secretos, escenarios exóticos e impresionantes. La idea es que el lector pueda reflexionar sobre ciertas disyuntivas universales, pero sin aburrirse en el trayecto. Porque lo único que no puede perdonarse a la literatura es que nos provoque bostezos…



