En un texto anterior donde mencionaba qué considerar antes de enviar un manuscrito solo abordé puntos básicos que todo autor, ya se principiante o con experimentado debería tener en cuenta. No siempre el hecho de tener más recorrido hace que se comentan menos errores, tal vez por el exceso de seguridad, y al repasar el texto de marras, entonces creí necesario abordar un tema muy relacionado que es el que da título a este.
Conseguir ingresar al catálogo de una editorial de renombre —por supuesto, me refiero a grandes grupos editoriales— es cada vez más complicado, sin mencionar que los autores cada vez son más independientes al optar por la autopublicación, un mercado que poco a poco se situa en paralelo al del libro normal, y si bien no consigue unos resultados que sean del todo beneficiosos económicamente hablando para el autor, tampoco le hace mal ya que está en su poder el hecho de desarrollarse como un “todo en uno”, es decir, productor, diseñador, maquetador, promotor, entre otras gestiones. Esto provoca que al ser la autopublicación y la necesidad de profesionalización catalizadores de la demanda de servicios, reine una confusión terminológica peligrosa.
Un poco más claro. Muchos escritores, abrumados por la oferta, terminan contratando servicios que no cubren ni solucionan sus necesidades reales, pero la culpa no es solo del autor, pues también existen otros inescrupulosos que con tal de generar ingresos venden “servicios” que no corresponden a la necesidad real y termina complementando un mal marketing, con etiquetas erróneas sin saber cuál es el límite donde parar, porque no puedes vender: coaching si lo que haces es mentoría ni esta si lo que ofreces en verdad es asesoría o consultoría. Pero es importante dividir aquí los roles porque no son iguales, unos están más ligados al acompañamiento personal y otros a la intervención técnica.
El error más común es no distinguir si la necesidad es interna (el proceso, los bloqueos, la carrera) o externa (el texto, la estructura, la calidad narrativa).
En el ámbito del escritor, tanto el coaching como la mentoría, van a centrarse en la persona. De una parte, el coach no es un profesor de escritura; es un facilitador que utiliza preguntas que ayuden al desbloqueo del autor, gestiona sus hábitos y lo redirige a enfocarse en las metas creativas. Por otra parte, la mentoría, es una relación de transferencia de experiencia, donde quien mentoriza ya ha recorrido el camino que el otro está intentando, pero no sabe con exactitud qué estrategias puede utilizar y cómo evitar errores para conseguir algunos acierto.
El asesoramiento entonces, se convierte en el diagnóstico técnico. Hace la función de un asesor literario que interviene puntualmente para resolver dudas específicas de construcción, tono o viabilidad comercial dándole respuestas específicas a temas relacionados con el manuscrito. Pero no confundir su papel en esta parte con el del editor o el corrector, como en todas las carreras, se especializa, porque aún cuando pueda existir un asesor en temas académicos no siempre podrá asumir su papel con respecto a una obra de ingeniería, en ese sentido son muy distintos.
Ahora, en cuanto a la obra, es donde entra lo de edición y corrección, pues aquí el foco es el producto. Como ya se sabe, el editor se encarga (si no cuenta con lectores editoriales para hacer la criba de los manuscritos a trabajar) también de la estructura, el ritmo, la coherencia de los personajes y la eficacia narrativa. El corrector (ortotipográfico o de estilo) por su parte se encarga de que haya una correcta aplicación de la norma y salvar de errores esa obra. De esta forma, no tiene lógica alguna que estos perfiles se encarguen de tratar los bloqueos emocionales del autor.
Esta confusión es perjudicial por una razón fundamental: las habilidades necesarias para cada situación son diferentes. Un excelente editor puede ser un pésimo coach si intenta aplicar correcciones técnicas a un autor que, en realidad, necesita resolver un problema de falta de disciplina, síndrome del impostor o boqueo creativo.
Al tener la clara la diferencia entre estos ejercicios, un escritor debe saber o al menos intuir cuál es su necesidad real, porque un marketing confuso, terminará estropeando lo que se construye con esfuerzo, tomando malas decisiones y convirtiendo el problema en algo aún mayor.



