Cuando se piensa en concursos literarios suele imaginarse el brillo del premio, la foto en los distintos medios de comunicación, la faja en la cubierta. No obstante, para un autor que empieza, el valor real no está en ganar sino en el proceso que le obliga a escribir, revisar, asumir una fecha límite, acostumbrarse a pulir sus textos. No a «tener ideas», no a acumular comienzos brillantes, sino a llegar hasta la última línea, limpiar lo que sobra y aceptar que en algún momento hay que soltar, solo, cuando cuente con la absoluta certeza de que tiene un «material» cuyo valor es intrínseco.
Escribir es, por lo general, un acto de fe. Los autores principiantes ven la participación en certámenes como una forma de integrar un panorama mayor que valide su obra. Sin embargo, enviar un manuscrito a una editorial es un agujero negro, pues llegar a cumplir el objetivo general con el envío a la editorial suele venir acompañado del silencio editorial. Pero, como el ser humano suele intentar encontrar un culpable y ver un «conflicto» inexistente, ¿quién es realmente culpable de que el tránsito hacia ese «éxito» que se busca, ¿por qué son importantes los concursos no como un medio de legitimación sino de «ensayo y error» para un fin mayor?
Los concursos literarios no son simplemente una oportunidad de ganar un premio que financieramente, no solo representan estabilidad, posibilidad e inspiración para seguir creando, sino que también constituyen una herramienta estratégica fundamental para el desarrollo y el posicionamiento de una carrera literaria emergente al permitir comprobar en qué lugar se encuentra nuestro desarrollo como creadores y hasta dónde la calidad del manuscrito es perfectible para ese u otro certamen.
Una de las realidades respecto a este tema es que las editoriales reciben aluviones de propuestas. Y se quiera o no, las editoriales son un negocio, es decir, viven de su producción, por lo que, un manuscrito de autor(es) desconocido(s) siempre compite con la pereza, el desinterés, la falta de tiempo del editor, pero sobre todo con los intereses editoriales y su línea de producción. De ahí que ganar un concurso, o incluso quedar finalista en uno con cierto prestigio, es un filtro de calidad externo, ya que no solo valida la obra, sino también al autor, o sea, es un sello de aprobación. La propia selección en un certamen funciona como un mecanismo de validación interna. Un escritor «validado» (aunque esta no es de hecho la mejor palabra para describirlo) es un escritor audaz, dispuesto a pulir su obra sin el temor de que el esfuerzo sea en vano.
El propio acto de crear un texto desde cero, implica constancia, disciplina, esfuerzo, pero participar en concursos, además de las aptitudes anteriores, es estrategia, adecuación, ceñirse a determinadas normas de las propias convocatorias a los plazos de entrega, a sus bases técnicas (extensión, formato, temática), entre otras. Pero, como reza un viejo refrán: «El que juega por necesidad, pierde por obligación», por eso no debe verse la participación en los certámenes como una solución definitiva, sino como un medio para un fin, es decir, es un modo de probar la calidad de la obra, el estilo, la voz propia, pero sobre todo, de la historia que se comparte. De forma más clara, concursar es un eterno «juego de dados», no sabemos cuáles serán las puntuaciones finales ni cómo se ha medido nuestra obra. No ganarlo, NO significa que la calidad de lo que se haya concursado es mala, sin embargo, es útil para comparar si realmente estamos en el camino correcto al avanzar en las fases de selección hasta la decisión final de quién ha sido premiado. Ganar el concurso, es además de un gran estímulo, un refuerzo a la inspiración y al trabajo constante, pero contar con ello o pensar en ello como la única solución a la legitimidad o reconocimiento, no es lo más recomendable. Hay que saber gestionar las expectativas con frialdad analítica. Un concurso no es la panacea. La derrota es la norma, no la excepción. Los jurados son subjetivos, a veces políticos y un fallo negativo no implica que la obra carezca de valor, sino que no cumple con los criterios específicos de ese jurado en ese momento.
Aunque parezca una práctica solitaria, participar en concursos también abre puertas a un espacio de conocimiento antes ignorado, es decir, solo la intención de enviar el texto, hará que se terminen conociendo editoriales, revistas, blogs, o espacios de promoción literaria que buscan textos y que tal vez nunca se habría encontrado de otro modo. Algunos certámenes incluyen antologías, menciones o simplemente un correo de agradecimiento que te recuerda que tu texto fue leído por alguien más.
Esto significa que todos los concursos sean merecedores de atención ni que aquellos que cobran tasas desproporcionadas, prometen publicaciones poco claras o utilizan el entusiasmo de los «nuevos escritores» prometiendo modelos de negocio discutibles, sean mejores por ello. Es imprescindible antes de enviar, investigar quién organiza, de dónde proviene tal o mas cuál convocatoria, qué resultados previos han tenido los convocantes, qué ha pasado con los ganadores anteriores, cómo se gestiona la cesión de derechos y si el premio compensa el esfuerzo. Tampoco es sano convertir los concursos en la única medida para dar salida al resultado de tanto trabajo, lo promueva una editorial pequeña, una grande, un ayuntamiento o cualquier otra institución o grupo. El concurso es una herramienta, no un juicio absoluto.
De cualquier forma, si algo se aprende en este camino, es que el resultado de cualquier escritor (tal como se menciona arriba) está en: Respetarse a sí mismo y a su creación, sumándole a ello: constancia, disciplina, esfuerzo, estrategia, adecuación, diversificación, y la postura que se quiera asumir antes el ejercicio de la crítica, porque puede que demore en ganar concurso, pero habrá obtenido una diversidad de juicios que sin rendirse hará que cada página sea cada vez mejor.
