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Lo que el viento se llevó

Luis Amaury··9 min de lectura
Lo que el viento se llevó

(Fragmento Anita Mur)

Vuelven a poner la corriente, descubro que Olivia se ha quedado dormida con la cabeza apoyada en los brazos sobre la meseta, y aún no dan las diez de la noche. La despierto despacio, la llevo hasta mi cuarto. Cae en la cama sin decir palabra alguna y encien­do el ventilador.

Abro la maleta del viaje y agarro una botella de Sunrise, cosecha del 95. Lleno a tope mi tarro (una jarra que perdió el asa años atrás) y salgo al pasillo trasero. En los bajos está el patio de Ana, cargado como siempre de hojas desprendidas del árbol de mangos que sa­queábamos en las temporadas de lluvia. Mañana bajaré a limpiar ese desorden, me haré cargo de algunas cosas hasta que Vivienda decida a quién dar o venderle la casa de Ana, nuestro cuartel general. ¿Cómo evitar que los extraños por llegar sean frikis, emos, o realizadores de telenovelas? Ana odiaba muchas cosas, excepto el cine, por el que sentía un amor inexplicable. Nunca le dije cuán-to se le transfiguraba el rostro al sentarse frente a la pantalla, con apenas un caramelo de a peso.

 

—La gente debería tener más cuidado con la peste a boca, ¿no lo crees?

—Claro, Anita, por supuesto.

Me dio un pedazo de esa basura dulce y mentolada que vendía una serie de gente en cualquier lugar de la ciudad. Sobre todo frente a las marquesinas de los cines. Ese día pasábamos cerca del Chaplin y Ana corrió a pegar el rostro en el cristal que anun-ciaba la cartelera.

—Es un ciclo de Isabelle Hupert . ¿La conoces?

A pesar de no tener nosotros más de catorce años logramos entrar. La rompe tickets se guardó el billete que le ofrecí y nos invitó adentro. Apagaron las luces. La pantalla mostró una imagen distorsionada y luego una masa llena de colores y burbujeante. Una señora algo estirada anunció que la película tenía un problemilla y en su lugar pondrían Lo que el viento se llevó. Magistral, pero ya la había visto un millón de veces. Sin embargo, Ana Isabel se hundió en la butaca, parecía media boba con eso de Scarlet O’hara junto al árbol haciendo creer al mundo que la tierra es lo más importante, y los negros nacieron para recoger algodón y prepararles la cama a los blancos. Claro, yo tampoco estaba atento por aquellos días de mataperros y débiles aprobados en historia, física y biología para bajar tranquilos por la garganta la comida que papá y mamá dejaban sobre la mesa. Entonces apenas lograba ver en la pantalla a una joven del Sur, más profunda e independiente que nadie. Siempre rodeada de increíbles puestas de sol y chicos simpáticos dispuestos a todo por ella. Ana veía otros asuntos:

—Esos vestidos le dan personalidad a la flaca esa. Parece una catarata de tantos vuelos, mira los guantes, ¿qué te parecen? Ya no hay moda de verdad, no la hay.

Pasó las tres horas y pico concentrada en cada trapo que vestía Scarlet. Al final, se quedó sentada, con la vista en los créditos. Mientras el resto de las personas avanzaba a la salida. Algunos viejos discutían acerca del cine de ayer y el de hoy. Nosotros salimos casi últimos. Como no era temporada de películas francesas o alemanas, solo dos muchachos debatían acerca del filme.

Citizen Kent es mejor.

—No jodas, tienes que ver lo de David Linch, Felini, Kurosawa, y sobre todo el cine francés.

—A mí no me interesaba, no otra y otra vez no, el combate entre Hollywood y París; siempre me han parecido una mierda Amelie y Star Trek. Nos sentamos en un Café y pedí un expreso doble, Ana un capuchino. No paraba de hablar de lo bien que le sentarían las prendas victorianas y el chal de Scarlet.

—¿Viste el que usó cuando se le escapó el pedo frente a los tipos del Congreso?

—Te inventas todo eso, Isabel, no vi esa parte por ningún lado.

—Porque estabas dormido, guanajón. Tampoco viste al pajuso junto a mí.

—Deja la lata, me dormí un rato, pero he visto la película un montón de veces. Y en cuanto al pajuso, ¿te refieres al tipo que corría en dirección a la salida?

—Sí, ese, le agarré el chorizo y le hice el nudo aquel que aprendimos en el campamento de exploradores. Las campanillas de la puerta doblaron y entró un muchacho algo sucio, con olor a mar, a pescado medio podrido. Era uno de los que discutía fuera del cine. Su uniforme de secundaria era un asco y el pelo le caía grasiento sobre la frente. Sentí que podrían echarnos en cualquier momento, porque ya éramos tres estudiantes en un Café. Para mí, no estaba permitido vender brebaje a menores de edad; quizá a los ojos de la dependiente, nuestras monedas eran más importantes. Por cierto, el muchacho no encontraba la suya en ningún bolsillo. La dependiente parecía molesta. Un exprés mediaba entre ambos, el aire acondicionado funcionaba a la perfección, pero aún así el muchacho empezó a sudar como una jarra de cerveza. Dejé la silla y le pagué a la muchacha.

—Pensé que tenía una por aquí —dijo, todavía ocupado en registrar sus bolsillos—. De todas maneras, gracias, mi hermano. Y yo que siempre le dejo propina a esta gente.

Regresé junto a Isabel y vi cómo sus ojazos negros se expandían de asombro. Y es que el muchacho arrastraba una silla hacia nosotros.

—¿Puedo? Le respondí que no había ningún problema y media hora después compartíamos la quinta o sexta taza de café. Bebimos cortados, capuchinos y rocío de gallo. Así de importantes eran nuestros centavos. La cafeína empezó a hacer de las suyas, sobre todo en Tulio.

—El país se hunde, camaradas. Los Yankees siguen tan hijos de puta como siempre y la ONU es un payaso macabro: Chuky. Los jóvenes de hoy solo quieren ropa y cerveza; la gente se la gasta con Hitler, pero hubo un tal Trujillo que de haber nacido en una potencia yo les iba a hacer un cuento.

Bebió de un palo su última taza, y al dejarla en el platillo tenía los ojos color frambuesa. Yo tampoco andaba bien, llevaba mareos y ganas de vomitar. Antes de despedirnos nos dio un número de teléfono y se largó.

—¿Qué te parece? —Le pregunté a Ana, que estaba ocupada en mirar la hora en su reloj.

—¿Quién, el loco?

—El socio, Anita, el socio.

—Un anormal engreído y apestoso, sobre todo eso. Esa noche comí tarde y sin límites. Al acostarme encontré problemas para hallar una buena posición, porque el estómago parecía una de esas piedras que se atan a la cintura antes de arrojarse a un río. Quizá daban las dos o las tres cuando empezó a atraparme el sueño. Los eructos consecutivos comenzaban a aliviar mis tripas.

De pronto pedí un brandy con agua. Mis amigos del club tarda­ban un poco, así que estuve echándole un vistazo, a través del enorme cristal que ocupaba el frente de la taberna Snodgrass, a la calle Golden Cross. Trataba de olvidar el dolor por la docena de ostras en mi estómago. Todos parecían felices: los marine­ros, los soldados, los judíos y los obreros portuarios. Sin embargo, una capa gris, flotaba unos metros más arriba. Tuve un mal presentimiento, decidí pagar la media corona por el brandy y caminé hacia la salida. Quizá los señores Tupman, Winkle y Miller se habían pegado a las prostitutas de San Martín-le Grand. Al llegar a la parada de coches daban las cuatro, y la nata gris apenas se extendía unos metros sobre la cabeza de las personas cada vez más escasas.

A Cronwell Street, le grité al cochero. Con semejante ambiente de oscuridad no podía concentrarme en mi esposa, seguro preocupada por mi tardanza a tomar el té con ella y batirnos en unas partidas de Whist. Afuera, las calles pasaban como un pai-saje de ultratumba. Las tarimas que usualmente exhibían manzanas, caramelos, almejas y pescados, descansaban vacías frente a locales cerrados y húmedos donde los carteles se agi­taban con el viento. Pagué al cochero y el carruaje se perdió en la niebla. Entré a mi residencia e inmediatamente escuché ruidos y risas arriba, en el cuarto que compartíamos mi esposa y yo. Corrí directo a las escaleras y apenas bastó una patada a la puerta para que cediera sin mayor resistencia. Apenas a unos metros, sobre la cama, Winkle, Tupman y Miller fornicaban con Isabel Wardle (mi esposa) al mismo tiempo, por los tres orificios posibles. Al verme retiraron el armamento del cuerpo. Les chorreaba tinta negra del pene. Mi esposa respira-ba agitada, satisfecha; del sexo le colgaba un hilo que sostuve con la punta de los dedos, no sin antes advertirle que al primer movimiento la mataría como a un cerdo. Mis amigos se alejaron un poco. Halé el cordoncillo teniendo que soportar una serie de gases expulsados por su vagina; finalmente salió el otro extremo y en este una bolsita de té. Isabel Wardle tenía, nunca la vi antes, una taza con agua caliente. Es la hora del té, me aseguró con una sonrisa y las campanadas del reloj en el piso inferior anunciaron que daban las cinco. Tomé uno de los almohadones y me dispuse a apretarlo con todas mis fuerzas contra la cara de ella. Lo hice, pero mi cuerpo entero se hundió en el colchón y caí a otro nivel, en un lago de sangre donde por suerte daba pie, el líquido apenas llegaba a mis rodillas. No muy lejos, Isabel Wardle permanecía inmóvil, desnuda y de espaldas a mí; más allá levitaba un vestido negro, antiguo, como los que usaban las damas de la colonia en los entierros hace dos centurias. Entonces Isabel giró su cabeza lentamente hacia mí, y tuve una desagradable visión a partir de sus ojos, como si llevase una de esas lentillas que les ponen a los dobles en las películas de vampiros. Desperté en la sombra de mi cuarto, con el ventilador repasando mi cuerpo y a ocho pies quizá, un chorro de luna llenaba un metro cuadrado de piso. ¿Qué significaba aquel sueño? ¿Por qué lo tuve?

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