(Fragmento novela)
(Diseño de cubierta e ilustraciones de interior: Natalia Urquia Linares)
Aldissia es pequeña, pero también muy abrupta: al subir por los riscos, el camino da tantas vueltas, que dejamos atrás al menos otros cinco grupos de hitos nereos, antes de llegar a la aldea, construida en una honda cañada, casi al centro del territorio insular. Los poblados siempre se ubican en depresiones y rara vez tienen edificios altos, sobre todo en las islas pequeñas. Las tormentas son implacables con todo lo que sobresale demasiado en Egea.
Pero los malditos pilares nereos siempre están en los sitios más inesperados e inaccesibles. Son a prueba de los más feroces vendavales. Esos anfibios sabían construir columnas. A veces me pregunto si el único sentido con el que las alzaron no sería burlarse de los que vendríamos después. Algo así como: ¿a que no adivinan por qué pusimos esto aquí o para qué servía?
Coloco otra carga de algas de los sueños en la pipa y me abstraigo. La tercera, esta sí será la última del día, lo juro. Aunque el humo ayuda a pensar y a que las distancias se sientan menos. La escuela del camino, una vez más; mente distraída, cuerpo feliz.
—El camino es tortuoso, lo recuerdo. Tenemos tiempo, antes de llegar a la aldea. Entonces, Yolke, ¿quieres que te hable de algo en particular?
—Sí, por supuesto —dice él, sacando su cuaderno—. De los nereos, maestro.
Lanzo una exquisita bocanada de humo antes de responderle, entrecerrando los ojos:
—Ah, sí… los nereos… pues, me habría gustado mucho poder conocerlos en persona, tal como lo hicieron nuestros ancestros.
—¡Vaya sorpresa mutua que debieron llevarse, en ese encuentro, ambas razas! ¿no?
—Bueno, nos consta que nuestros ancestros se asombraron mucho… hay testimonio escrito. Pero ¿los nereos?, tal vez no se sorprendieron en lo absoluto.
—Maestro Morvan —Yolke toma nota, aplicadamente, pero de pronto alza la cabeza para mirarme, atónito—. ¿Usted, entonces, sugiere que, tal vez… nos esperaban? ¿Qué, de algún modo, habían previsto la llegada de los humanos a Egea?
—Puede ser. No hay modo de saberlo… porque hoy mismo ya no queda ni uno solo de ellos con vida, y ningún humano comprendió nunca más que unas po-cas palabras de su burbujeante idioma. Imposible saber, tantos siglos después, si tenían religión, literatura y esas cosas. Ni importa mucho, ya, ahora que apenas si son una leyenda, como la Tierra.
Así conversamos un rato más. Cuando ya Niko se ha ocultado y apenas si ilumina nuestros pasos la sanguinolenta luz del pequeño Fendro, al fin divisamos los coloridos tejados en las casas de la aldea que se alzan desde la profunda hondonada. Un pequeño triunfo. Los viejos disfrutamos mucho de tales victorias mínimas. Aún puedo distinguir una raya volando a varios kilómetros de altura. Es lamentable que solo me quede un ojo… pero esa pupila sigue conservando casi tan buena vista como cuando era joven, casi… al menos de lejos. Porque, de cerca, ya es bien distinto.
Hace años que no puedo ensartar una aguja, aunque cuente con la ventaja de estar siempre apuntando con un solo ojo. Y ni alejándolas hasta el límite de mi brazo, puedo ya diferenciar las letras… esas malditas patas de kito minúsculas, con las que se fijan palabras en el pergamino, para que el viento y el tiempo no las borren. Claro, como nunca aprendí a leer, tampoco es que esa carencia tenga mayor importancia a estas alturas. Veo lo suficiente para pelear, es lo que importa; hasta ciego seguiría siendo un adversario de cuidado. Porque un guerrero combate con todo su cuerpo, y no solo con los ojos.
Para leerme todas esas palabras disecadas tengo a Yolke; después de todo, ayudar a su maestro es el trabajo de todo aprendiz, y él lo hace mejor que nadie que haya conocido nunca. Perfectamente pudo haber sido sabio o sacerdote con ese talento mi falso bárbaro bestero.
De todas maneras, me habría gustado saber leer; podría haber consultado tantos pergaminos, en vez de prenderles fuego o usarlos para envolver cosas. En cambio, aprendí a matar; me volví muy bueno haciéndolo. Algo que, tristemente, suele resultar más útil que leer, en esta vida.
El bueno de Yolke varias veces se ha ofrecido a enseñarme. Dice que un hombre de mi inteligencia lo lograría en unos pocos meses; pero ese tiempo, que apenas si es un abrir y cerrar de ojos para un joven como él, a mí me asusta. Hasta hoy no he aceptado su propuesta. Me cohíbe un poco volver a sentirme como un niño. A mi edad, quizás ya sea demasiado tarde para aprender cualquier cosa. No pueden enseñársele cabriolas nuevas a un vorklo viejo dice la escuela del camino. Suena sabio y… pese a toda mi corpulencia, yo no soy un vorklo…
Ver los techos de sus casas, en el fondo de la depresión del terreno que las abriga, y entrar en la única aldea de Aldissia, no son cosas exactamente consecutivas en estos caminos serpenteantes. Así que tenemos tiempo de sobra para preparar como se debe el espectáculo de nuestra llegada.
¡Tampoco vamos a presentarnos así como así!, cubiertos de polvo, como vulgares y humildes viajeros. Porque la apariencia es importantísima para un pacificador: somos representantes de un gremio de hombres valerosos, hábiles… y altaneros. Eso debe quedarles claro, y desde la primera ojeada. Nadie contrataría a un pacificador modesto, ni a uno tan joven e inexperto o tan anciano y debilitado, que no diese la impresión de poder encargarse de cualquier monstruo, marino o anfibio. Así que nos ponemos nuestros disfraces de competencia profesional absoluta.
Yolke se limita a recoger su poblada, indómita melena rojiza con una cinta blanca, y echarse sobre los hombros un capote simple, aunque muy limpio, del mismo color. Los aprendices y novatos usan siempre el blanco entre los pacificadores; la tradición tiene varios siglos. Yo cubro mi ancho, ligero, fresco, cómodo y resistente jubón de viaje con la mucho más pesada, ceñida, asfixiante, frágil y aparatosa casaca de gala. Usarla es casi tan incómodo como llevar una lanza metida en el culo. Con su fino tejido, sus rojos y azules brillantes, el cuello alto, hombreras exageradas y amplios faldones que me llegan casi hasta la rodilla, me da un aspecto magnífico que refuerzo aún más ocultando mis pies, deformados por la edad, bajo sendas y relucientes polainas, altas hasta la rodilla. También guardo mi confortable, descolorido sombrero en la alforja; de esconder mi vergonzosa, reluciente calva, se cuidará, ahora, una cara peluca de negrísima crin de vorklo, casi del mismo tono que una vez tuvo mi auténtico cabello.
El toque final, los dientes postizos. Incómodos como una oreja en medio de la frente, y si los uso muchas horas seguidas acaban irritándome las encías, a veces hasta hacerme sangre, pero con ellos puedo masticar y hablar casi sin ningún problema. Son un trabajo muy fino: sesenta colmillos filosos, tallados uno a uno en durísimo hueso de kraken y cuidadosamente engastados en flexibles arcos de costillas de volkro. Me costaron cuarentaicinco egeos, más incluso que mi ojo de vidrio, también en Urmal… pero valen cada gema que pagué por ellos. Yolke insiste en que me quitan veinte años de encima cuando los uso. Y puede que tenga razón.



