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Con todo este resplandor recién descubierto, de autor desconocido

Luis Amaury··28 min de lectura
Con todo este resplandor recién descubierto, de autor desconocido

Nunca he sabido si entrevistar a alguien que admiras, además de aportar valor, evita regresar inmediatamente a un pasado literario compartido, a experiencias y momentos que de a poco fueron asentándose en la memoria. Con los años releer los versos de esa persona, hace ineludible un antes y después para comprobar, en efecto, que también fuiste partícipe de una historia con muchas más luces que sombras.

Ernesto Ortiz Hernández comparte algunas reflexiones que, si bien dignas de una hermenéutica de la que cualquiera podría apropiarse, son muy suyas, distantes y distintas, aunque sobre todo originales.   

Si un poema y una función de código tuvieran que compartir una sola virtud, ¿cuál sería, para ti, esa virtud común?

Un filósofo diría que las virtudes son propias de personas, es decir, de entes morales; mientras que un poeta, siempre dispuesto a dialogar con los astros o con una palangana, entraría de inmediato al ruedo de tales inquietudes. Pero antes, a fuerza de intentar aproximarme al asunto en primera persona, reitero lo que te comenté al recibir estas preguntas: no me reconozco como un receptor propicio (cuestión que inevitablemente se resolverá pronto), si bien detecto en este conjunto de espejos al que me enfrentas algunos guiños o reflejos propios.

En principio parece difícil considerar alguna «virtud» en una función, tan definidas ellas, tan precisamente determinadas en su propia naturaleza, esto es: dada la ejemplar correspondencia (no siempre unívoca) con aquello que modelan o descifran. Pero sin dudarlo demasiado te contesto: la simplicidad y elegancia; podríamos decir, en suma: la humildad. Es humilde la famosa ecuación de Einstein que se ve sobre cualquier pizarrón de colegio, entre los últimos estertores de una tiza; lo es la simpar identidad de Euler, cuya belleza recuerdan y alaban todos los matemáticos antes del desayuno. Imagino a ambas claramente impresas en las camisetas negras con que las jóvenes marchan a ejercitarse al gym, y me digo: qué maravilla de mundo…

La humildad, entendida al modo platónico, es también, desde luego, deseable en un poema. Ese reconocimiento de la propia ignorancia y el intentar desdeñar cualquier ostentación; esa sabiduría de reconocer los límites y alcances, y aceptar la realidad lo mejor que se pueda. Así, autor y poema, por la mera relación, por transferencia, sospechan tanto del vigor de su construcción como de las grietas aún invisibles. Identificados, en el mutuo proceso, tanto con aquel regio arquitecto cargando sus cartabones y planos enrollados como con este peón de albañil, que interrumpe un rato largo su labor y admira, por el hueco de la futura ventana, a la muchacha con esa camiseta negra, que regresa del gym.

 

¿Hay algún concepto de física —simetría, entropía, campo, umbral— que uses o casi hayas utilizado como regla de composición cuando construyes una imagen poética, aunque el lector nunca llegue a identificar su origen?

Seguramente en algún momento soñaste con cierto poema en el que te regodeabas, como sobre un lecho con la sábana recién lavada, una fragancia que en esos reinos parecía tan potente, definitiva y bella, pero que al despertar eres incapaz siquiera de recordar; y si acaso algo recuperas, el resultado es una triste sombra, en ocasiones ridícula o sin sentido, de aquella presencia con la que tratabas unos minutos antes.

Mi relación actual con la física es igual de distraída. Y así, me anima e inspira cuando recitas tales palabras: simetría, entropía, campo, umbral…, como si quisiera recuperar aquel sueño ido. Desde luego, escogiste unos términos que tienen una clara relación con la «composición»; pero no como conjunto de reglas, no como un método sino como fundamento.

Porque un poema, como la creación toda, parece algo «todavía en proceso», no diría que inacabado en sentido neto, pero sí sujeto a la interacción y a un intercambio esencial, que lo mismo acumula paradojas que desvela naturalezas. Un poema en una gaveta tiene más estados y posibilidades que el gato de Schrödinger; porque imaginamos siempre un gato que puede sustituirse por otro sin que el experimento sufra, por ejemplo: el gato de Poe. El mismo gato arquetípico que, incluso, puede mencionarse en algún verso del poema engavetado. ¿Y cómo podría erigirse «un modelo» de poema, cómo reducir todos los accidentes y posibilidades de un poema en un único objeto simple y controlado? ¿Y cómo impedir que cualquier poema que esté aquí encerrado no sea otro poema, todos los poemas y ninguno en particular, ya sea que nunca se haya impreso, ya sea que se haya consumado su lectura ante un selecto público?

Entonces, ¿qué sería, por ejemplo, un poema entrópico? Comienza con un destello, una explosión de palabras arremolinadas que van ocupando todos los niveles de significados, confusión al inicio, expansiones luego, ralentizadas para escoger esta dirección y sentido, aquella letra o palabra, un verso preciso, este significado en su estructura (azarosa o construida), como piezas sobre la cinta transportadora ante el operario que en su oscuro taller observa, y contribuye. Tal estadio es más evidente quizá en la poesía concreta o visual, cuando el espacio se muestra y el océano de las palabras aún mantiene su retumbe y oleaje. Y al momento en que todo adquiere coherencia, cuando ante tus ojos se despliega la definición mejor, en un instante apenas: la tangente de la fuga retorna, antes del lezamiano lamento: «ah, que tú escapes», que rebota y prosigue. Hacia el éter de las palabras casi desvanecido, a la espuma rumorosa, el mero impulso trastocado en la inasible presencia de las distancias, debilitada toda relación previa en el eco de la inmensidad dominante. El silencio, finalmente. Que no es vacío, que tiene su propia potencia: la de la hoja en blanco; y que un buen día, luego del olvido, después de la tercera o cuarta cerveza, al paso de cierto perfume, en la insistencia de aquel anhelo, de aquella rememoración, regresa de pronto con todo su barullo primigenio. Y así hasta que escribamos otro verso o nos marchemos tranquilamente a casa.

 

La física trabaja con leyes que no admiten excepciones; la poesía vive de la excepción y la ambigüedad. ¿Cómo convive eso en tu proceso de escritura: sientes una tensión real entre ambas lógicas o encuentras que en el fondo comparten un mismo instinto de precisión?

En todas partes encuentro siempre ambigüedades: son como las virutas que señalan el cumplido trabajo del cepillo o la garlopa, por así decir. A la perfección que muestra un ebanista o un químico, se llega siempre por desbroce.

Ya sea ante un fenómeno físico o ante una poesía, estamos compelidos por nuestra naturaleza intelectiva a desentrañar, a escoger un enfoque, un marco, una interpretación que resulte más adecuada para desvelar la cosa en sí, para, en suma, encontrar en la espesura una regularidad o una expresión, precisas, y que no requieran meprobamato. Porque si hay algún principio común a ambas vías es la navaja de Ockham, tan engañosa en su simplicidad como un sofá de Ikea.

Y siempre hay excepciones, desde luego; de otra manera no se avanza, sino que simplemente se sigue un cauce. La excepción es como el hiato de nuestra incapacidad admitida: un buen primer paso para superar cualquier traba, acuciados. Dicho de otra manera: dada la complejidad de las cosas y la vastedad de nuestra ignorancia: siempre hay determinadas condiciones que deben cumplirse para que un resultado sea siempre aquel que se prescribe. Aquí la ciencia es quien más claramente muestra tamaña pretensión, que es más voluble de lo que suele admitirse (incluso por parte de su instrumento más fiable, que son las matemáticas); encontrándose también con el muro de las excepciones en algún momento, en límites o singularidades inevitables.

Cada cual, en cualquier caso, y en mayor o menor medida, sufre el embate de sus propias excepciones y ambigüedades. Así, para el científico y el poeta, el divertimento está más en la pregunta que en la respuesta, más en el proceso que en el resultado final, en la indagación más que en la certeza; porque ambos requieren poder hacer comprensible aquello que, al menos en parte, parece dominado. No observo tensión en absoluto; salvo la del estimulante descubrimiento de que cada victoriosa batalla parece, en cierto modo, inconclusa.

 

Siempre te has dedicado a la literatura, pero como forma colateral también a la programación (en varios aspectos de la informática). Cuando programas, piensas en estructuras, bucles, condicionales. ¿Alguna vez has organizado un poemario —el orden de los poemas, sus secciones— con una lógica que reconocerías como «algorítmica» si la vieras en un diagrama de flujo?

«Colateral» parece un magnífico epitafio; dicho sea de paso. Buena parte de mi vida, en los años más fructíferos, en Cuba, estuve empujado continuamente hacia los márgenes, como sabes. No lo lamento, porque fue el resultado de una justa rebelión, pero desorganizó por completo mis hábitos. En una breve etapa me dediqué a impartir clases, en otra vagué como paria o desempleado, en otra tuve que trabajar en el campo, en otra me incliné hacia la programación (recuerdo con cariño las ediciones DVDs multimedia del todo novedosas que hicimos por aquel entonces), en otra me aboqué a cuestiones de corrección y edición, en otra me arrimé a talleres creativos, etc.; iba de esta esquina hasta la de más allá, como un boxeador golpeado continuamente por las circunstancias o la necesidad, a veces simultaneando esto y aquello. Incluso cuando finalmente salimos de Cuba, especialmente en los primeros años en España, toda esa inestabilidad continuó acompañándome. Lo bueno es que asumí cada momento con el mejor ánimo que pude, y que tengo varios palos que tocar si la suerte no acompaña, por así decir.

Entonces, esa dedicación que mencionas puede ser discutible. Aunque, desde luego, admito que algunos puntos pueden unirse y que el gráfico resultante parecería extenderse en todo el eje para la poesía o la literatura. De manera notable en los años que compartimos, en la isla. Como siempre constato: me estimula mucho la cercanía, las visitaciones y el trato con otros creadores; pero por algún motivo me mantengo aislado. Entonces, ¿qué método podría, consecuentemente, desarrollar? Mi ritmo creativo es completamente inconstante e inasible; simplemente cuando tengo ganas, garabateo algo. Y todo parece más o menos admisible hasta que me planteo reunir los poemas así desperdigados en un libro.

Por suerte tuve la ayuda del animoso poeta Juan Carlos Valls, nuestro más cercano miglior fabbro de aquella época, para empaquetar Obelisco del hereje, mi primer libro, y enviarlo a un concurso en Argentina. La sorpresa de su publicación me animó a ensartar (como hojas de tabaco en un cuje) otros poemas en mi segundo libro, noche interior noche ciudad, que ganó un concurso en nuestro terruño, el Hermanos Loynaz. No establecí aquí un orden que pudiese llamar consciente o metódico, si acaso: intuitivo. El tercer libro, Fragmentos del ojo, debía naturalmente dividirse en dos secciones, pues la segunda parte era formalmente diferente, inspirada como estaba en las jaiquillas que por entonces descubríamos de nuestro querido poeta vallisoletano Antonio Piedra; así, simplemente di título al conjunto y a sus partes (que tampoco es moco de pavo). Este tercer libro era precioso para mí por las circunstancias de su publicación y por otros disímiles motivos. Uno de estos fue que al camagüeyano Rafael Almanza, ese intelectual y poeta cabal, le encantó (ay, por entonces ninguno de nosotros, prudentemente, llevaba luengas barbas), y me comentó acerca de poemas que él no habría incluido y alguna que otra disposición que cambiaría. No sabes cuánto agradezco, Amaury, haberme encontrado con todos esos creadores tan insignes y estimulantes; únicamente lamento ser lento para aprender y tozudo como nadie.

Ocurrió también con el cuarto libro, cuyos poemas seleccioné, ensarté y puse a secar, cuyas venas luego limpié, y que rellené, remojé, corté, enrollé, amoldé, lie y empaqueté (permíteme continuar en la idea de la tabaquería, porque el libro tiene tripas, capote y fina capa, y es luego el gusto, el humo y la fragancia, hasta que todo se disipa); a pesar de ser del todo consciente de mis limitaciones al respecto. Este cuarto libro también ganó un concurso, compitiendo con otros géneros literarios, pero nunca llegó a publicarse; hasta que finalmente, gracias a tu editorial, vio la luz prácticamente bajo el mismo título, con los poemas de entonces: Estampas de Arturo. Aquí estamos ya al inicio de mi proceso de exilio.

Luego he conformado al menos un par de libros más; pero como aún no se han publicado, puedo perfectamente deshacerlos. Tampoco están seguros los poemas en ellos, que retoco de vez en vez, intentando respetar la idea y el «estado de ánimo»  con el que fueron escritos, pero a veces no vale la pena. En general, tengo una buena cantidad de poemas sueltos, desanclados, como hambrientos rónins pululando por Hokkaido, escritos en temporadas diferentes, en estilos y tonalidades tan variopintas, que al final la manera más lógica de agruparlos parece ser (y es lo que suelo) la cronológica. A fin de cuentas, dada mi inconstancia, si algo valen estos poemas está circunscrito a las vivencias o experiencias en que se gestaron.

Soy, en demasiados sentidos, un principiante.

 

Entre el poeta cubano que se queda, el que se va y el que —como tú— termina editando en dos países a la vez, ¿cuál de esas tres posiciones da más libertad real para escribir sin calcular cualquier otra consecuencia derivada?

La frase «más libertad real» parece implicar que hay tipos o cualidades de libertad, así como gradaciones (o degradaciones). Esto, cuál libertad, qué libertad, puede ser más complicado de definir, más discutible, pero lo que es definitivamente simple es decir dónde la libertad, realmente. Porque se trata de la experiencia y despliegue de las posibilidades propias, por así decir; la respuesta es más existencial que teórica, especialmente cuando preguntas por la «libertad para».

Esta es, ciertamente, «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos»; un don extraño, que nunca te arrebatan del todo, como un íntimo y perenne manantial. Sabemos que su flujo puede controlarse o dominarse, como una bota que aplasta la manguera del jardín; a veces durante tanto tiempo que el entorno pierde todo su encanto, se marchita y apunta a lo baldío. Lo peor es que este estado de cosas acaba siendo aceptado por la mayoría, ya sea por el temor o la desidia de todos estos, la conveniencia de aquellos pocos, o el convencimiento de los tontos útiles de siempre. Pero la bota no puede estar allí demasiado tiempo, y basta que aminore la presión sobre la manguera para que el torrente escape. 

La libertad lleva sus cálculos, efectivamente, y de manera continua; porque si tienes una idea ingenua o simple del fenómeno, acabarás peor que al inicio. No hay una libertad pura, no hay manera de elaborarla u obtenerla en matraz alguno; porque la libertad es en buena parte relacional e interactiva, no vive únicamente en el presente, no se desglosa únicamente en uno. Un poco como fichas del Go (el juego chino, claro, no el lenguaje de programación), nos movemos en el tablero de la vida por espacios en disputa. No considero los matices tan limitados del «sentirse libre», que únicamente vendrían a confirmar ese don recibido.

Te contesto no con la mera libertad positiva sino con un concepto que me parece más apropiado y que tomo de la física, el de «grados de libertad»: desde luego, aquí hay muchos más grados de libertad que en Cuba para domar tanto los prolegómenos como la acción misma y las consecuencias del acto de escribir. Al menos de momento.

Porque es difícil encontrar la verdad, aunque sostenerla luego suele requerir mucho mayor tesón. Incluso aunque sepamos aquella casi admonición evangélica de que «la verdad os hará libres», y aun cuando, consecuentemente, esta sin aquella te convertirá en un imbécil esclavizado que aplaude su propia lamentable condición. Porque es difícil ponerse los mocasines del prójimo; y así, una libertad sin caridad, sin la consideración hacia el otro, te convertirá en un déspota necesariamente encadenado a lo nimio e intrascendente.

Todo el mundo tiene en muy alta estima la libertad, o al menos su propia libertad, lo cual es del todo conveniente. Y sin embargo, por poner un ejemplo, ante nuestros ojos se ha ido desenvolviendo, desde luego siempre para nuestro bien y buena salud (y cómo dudarlo sin que te tachen o te emborronen), ese descarado acto de censura impuesta e institucionalizada conocida, dada la magnitud de su constante siembra, como «cultura» de la cancelación. Que hoy en día campea con mayores precauciones, junto al resto de apaños de minuciosa metodología neomarxistas que se nos han impuesto y han ido calando en el sumiso y desprevenido populacho, en las últimas décadas.

Porque la libertad, amigo mío, como la felicidad, como el propio acto creativo y cualquier destino sublime al que nos lancemos, no parece que se alcance sin sobresaltos o renuncias. Y si acaso conquistas este tramo, debes levantar fosos y barricadas, asumir el advenimiento como un nuevo punto de partida, al menos mientras las fuerzas te acompañen. Cómo escribió San Agustín en sus Confesiones: «nuestro corazón estará siempre inquieto hasta que descanse en Ti»; pues aquello esencial a lo que nuestra naturaleza aspira nos desborda continuamente. Somos un cántaro que quiere llenarse con la totalidad del mar; así, no se acallan la inquietud y el desasosiego una vez aparentemente plenos. Quizá en conseguir ser como un barro nuevo cada instante esté el inalcanzable secreto de la libertad; quién sabe. En todo caso, cualquiera sea nuestra capacidad, conseguir al menos enarbolar un cántico genuino, camino de la fuente.

 

La beca «Ciudades de Asilo» en 2003 te sacó de un contexto y te puso en otro. ¿Qué diferencia hay entre la voz con la que escribías antes de esa beca y la que tenías al volver o al continuar después? ¿Fue un cambio de temas, de tono, de ambición, o algo más difícil de nombrar?

Esa experiencia fue como entrar a un cuadro Brueguel el viejo y no saber adónde arrimarte, dónde posar la vista, porque el esquema general, si bien se percibe, se disuelve en las múltiples minuciosas escenas que lo conforman, por acullá y aquí, atrayentes. Es decir: murmullo y bullería apareados, en un mutuo y cotidiano desvelo. En un escenario también rodeado de agua por todas partes, pero sin que tal circunstancia fuese maldita o restrictiva, más bien lanzada, parabólica. Y cada detalle donde aterrizabas era, como imaginarás, no una simple novedad sino un destello vital y abrumador. Supongo que ocurrirá parecido cuando se pasa, con tantas carencias básicas como teníamos, de una sociedad a otra tan pero tan diferente; en la que inevitablemente parecías perdido, detenido por una realidad que te sobrepasaba y que debías atravesar, como un infante en su primer día de clases en un colegio nuevo. Inmerso en esa conmoción, mi voz no dijo ni pío durante bastante tiempo.

Aunque relativamente pronto me percaté de que en todas partes cuecen habas, de diferente tamaño y textura; pero en Cuba, claro: calderadas. También por entonces, en la Ámsterdam que, para nosotros, lógicamente y con suficientes razones, aparecía como la eclosión de las libertades, podían asesinarte por expresar sostenidamente una idea políticamente incorrecta o por hacer una película controvertida, literalmente. No era una opresión proveniente del estado (de hecho, ya por entonces existían zonas donde este había sido desplazado por la sharia, según me comentaban); pero, como siempre, tales cuestiones no avanzan sin la complicidad implícita o explícita del poder político, conformando cierto pathos fácilmente reconocible años después.

Diría que de aquellos polvos, ya sea que estuviesen maliciosamente calculados o se debiesen a unas buenas intenciones demasiado ingenuas, proceden estos lodos. Esta Europa fragmentada y débil, aislada de sus orígenes fundacionales y de la cultura que la conformó, cada vez más burocrática, cada vez más extrema, y donde el individuo tiene cada vez menos desahogos y oportunidades; esta Europa que parece aceleradamente condenada a la distopía y que merece ciertamente aquel calificativo que por entonces retomó y popularizó Oriana Fallaci: Eurabia.

Así, por citar unas pocas calamidades, tuvimos las draconianas, innecesarias y absurdas medidas de «la plandemia» del COVID, sin que ningún profesional se arriesgase a disentir, como ejemplo de la implantación desde arriba, sin mayores sobresaltos, de ingenierías sociales de todo tipo, para pingües beneficios de unos pocos. O tenemos la invasión de verdaderas hordas bárbaras que se despliega actualmente ante nuestros ojos en Ceuta sin que el gobierno de esta dizque democracia apoye las justas protestas de los ceutíes y defienda su propio territorio, como ejemplo de dónde ponen realmente sus intereses personajes como el actual presidente español, Sánchez, a quien, a pesar de su catadura moral y de que se le considere, con sobradas razones, como traidor y tirano, no le faltan en absoluto aplaudidores y compinches.

Pero regresemos a la Ámsterdam de finales de 2003, donde finalmente arribé, gracias a los auspicios de la Fundación Prince Claus y de la Alcaldía de la ciudad. Se da la circunstancia de que la red internacional de «Ciudades de Asilo», que acogía durante determinado tiempo a escritores, artistas o intelectuales perseguidos en sus países debido al ejercicio de su libertad de expresión, fue inspirada directamente por la fatua contra Salman Rushdie emitida en 1989, unos nueve meses antes de la caída del muro de Berlín, por el ayatolá Jomeini, que ordenaba la ejecución del escritor británico-indio y de todos los implicados en la publicación de su novela Los versos satánicos, a la que tacharon de blasfema contra el islam.

Así que lo primero que hice, por así decir, fue conseguirme esta obra, compleja y monumental, difícil de leer al inicio, pero definitivamente impactante. Aproveché también para familiarizarme con la enorme literatura neerlandesa, que ignoraba; así, autores como Cees Nooteboom o Adriaan van Dis, se incorporaron a mi galería de favoritos. Por supuesto que tuve la oportunidad de encontrarme con diversos creadores jóvenes, holandeses, varios cubanos, venezolanos, en una ciudad cosmopolita y a la par cálida, a la que guardo un cariño especial, y no únicamente por ser la primera puerta a una libertad mayor y a un mundo nuevo, decididamente más abierto y complejo.

En algún momento mi voz comenzó a reaccionar tímidamente bajo aquel cielo plomizo, casi siempre gris y medio apagado, distante de la caribeña naturaleza del nuestro, por el que pululaban ingenieros, intelectuales o granjeros, en tranvías, bicicletas o zuecos, gente que mostraba ese ánimo reservado a la par que colorido y entusiasta. Así que en algún momento el propio cielo comenzó, a intervalos fugaces, a revelar sus matices y anhelos, como esa luminosidad que se descubre en un cuadro de Vermeer. La misma luz, bróder, la luz de la amistosa y sincera compañía de algunos amigos, en su mayoría holandeses, a quienes agradezco de corazón, y con quienes estaré en deuda toda mi vida.

 

¿Qué significa, en la práctica diaria, «el exilio literario» para alguien que sigue escribiendo en español y en otro idioma (en este caso el inglés) fuera de un país hispanohablante: es una condición que se resuelve con el tiempo o una tensión que decides mantener activa porque te resulta productiva?

Una malanga o una yuca no pueden ser plantas epífitas; ¿qué habría de productivo en sacarlas de su ámbito natural más que mostrar la tozudez de quien sobrevive como el acto primario de una debida justicia? Así, el «exilio literario» me preocupa menos que la propia sobrevivencia al exilio, ese desdichado trasplante al que los cubanos nos hemos visto abocados desde hace décadas.

La verdad es que me encantaría escribir en alguna lengua semítica, de preferencia el árabe; o alguna asiática, de preferencia hiraganas japoneses. Pero esto más que nada por la soltura o elegancia de los trazos; es decir: por la caligrafía. En cuanto a la declamación, siempre he envidiado la sonoridad del francés o del italiano (idioma este al que tengo mucha mayor simpatía, y que parece en cierto modo más conquistable). Para la expresión escrita en sí, poseemos naturalmente la mejor lengua posible; así que no me quejo: no habría en absoluto necesidad de experimentos ajenos.

El poeta mejicano Octavio Paz, uno de los primeros y escasos intelectuales que se desligaron del por entonces todavía influyente líder cubano, dados sus desmanes totalitarios comunistas, estuvo como diplomático en Tokio antes de trasladarse a París y comenzar allí su traducción de las Sendas de Oku, de Matsuo Bashō, la primera que se hacía a una lengua occidental. Se da la circunstancia, confesa, de que era un ignorante del idioma japonés en que se escribió este famoso diario de viajes; si bien, como se sabe, tuvo la ayuda de un apreciado amigo de la tierra del sol naciente. Así que, sin complejo alguno, y salvando todas las distancias, con mis elementales conocimientos de inglés me atreví en más de una ocasión a hacer traducciones en uno y otro sentido, de poemas propios y de terceros.

Es todo un reto y un divertimento. Por ejemplo, el de mantener las reglas de un poema Fibonacci, siguiendo la famosa sucesión del matemático medieval italiano al tiempo que no traicionas demasiado la idea del texto original. O el hecho, que ocurre en las traducciones de mis propios poemas, de ser compelido o guiado naturalmente (ya sea por una disposición de la rima o el convite de los sonidos, ya sea por alguna inasible articulación precedente) por otros senderos, coger un trillo no demasiado transitado antes, abrir por aquí una brecha y proseguir quién sabe hasta dónde, desentendiéndome del caudal o del camino ya trazados. Pero quién se atreverá a señalar como defecto que el original dice esto y aquí aparece esto otro tan diferente, otra imagen o idea; si claramente es el mismo poema en dos expresiones conexas. Independientemente de lo que cualquiera entienda como «expresión», lo indiscutible es que gozo tanto de las ocurrencias permitidas al autor como de las justificaciones admisibles en quien traduce.

En ocasiones, incluso algunos poemas recientes los comencé a escribir en inglés (que he debido luego corregir en alguna medida, claro). Así que diría que el proceso ha sido creativo y, en algún sentido, productivo. Incluso tengo un seudónimo con el que he publicado (de manera online) algunos de estos poemas, como creo que sabes. Me dio esta fiebre que duró un par de años; luego pasé a otra cosa butterfly.

 

Fundaste proyectos editoriales en España y en Cuba. ¿Cuál es la diferencia más práctica —no la más obvia, sino la que solo se nota estando dentro— entre editar poesía en un ecosistema y en el otro: acceso a distribución, censura o autocensura, expectativas del lector, ¿financiamiento? Y si tuvieras que «importar» una sola práctica editorial de Cuba a España, o de España a Cuba, ¿cuál sería y por qué crees que la otra orilla la necesita?

 

Has mencionado lo fundamental, Amaury, porque conoces bien ambas realidades. La censura o autocensura es un riesgo que cada cual asumirá hasta donde esté dispuesto, pero en cierto modo también es un acicate para resolver el asunto creativamente, sin torcer demasiado la expresión propia. Un poco como señalaba Gastón Baquero socarronamente en aquellos versos: a pesar de todo, seguir siendo «el inocente que siempre dice su verdad». Y así lo has de jurar lo mismo ante Hacienda que ante el «seguroso» que inquiere.

Esa verdad, esa realidad, al ser compartida, agrupa no sólo gritos o anhelos comunes sino también recintos, decires, símbolos, que se han ido apuntalando con el tiempo. Podría confirmarse que hay menos dispersión en nuestro diálogo, que profundiza y en cierto modo amplía cualquier expresión patria. Incluso con toda la desgracia de tanto exilio, o quizá precisamente por ello, los cubanos de diversas generaciones mantenemos un acervo más o menos intacto, que aflora, reconocible, cuando nos reunimos dos o tres en el nombre de nuestra fatal circunstancia, aquella que nos rodea y que describió tan bien Virgilio Piñera: «la eterna miseria que es el acto de recordar».

Así, en medio de la escasez y la desidia, lógicas después de tantas décadas de sufrir un régimen comunista, sorprendentemente desde el funcionario de cultura hasta el mayor que se hace llamar Carlos y que te ha citado para un interrogatorio mañana en la estación de policía, todos, o casi todos, escudriñan discursos, cánticos o pinturas, y muestran la mayor inventiva posible en lo suyo, ya sea reprimir, los muy hachepés, o evitar que te repriman, antes de regresar todos a su negra bailando con un vaso de ron en la cabeza. El arte en Cuba es desde luego una batalla; quizá por eso permanece con tanta vitalidad. No digo que editar aquí, en España, sea menos entretenido, sino que sus rigores, me parece, entrañan menos riesgo. De hecho, diría que se pueden intercambiar perfectamente, en el sentido de su oficio, un editor de aquí y uno de allá. Las inquietudes, los gozos, las miserias son más comunes de lo que se cree, y en todas partes el trabajo del editor es conjugarlas y resaltar de entre todo ese caos lo que merezca recordarse.

Ha habido momentos de verdaderas oportunidades para la edición y la publicación en Cuba, y desde luego creadores que han asumido proyectos editoriales con reconocido impulso y éxito. Hay dificultades obvias que se dan con mucha mayor envergadura allá dentro que fuera; pero confío en que más pronto que tarde la brecha se vaya cerrando positivamente. El punto de inflexión lo marcará la autoedición y la impresión bajo demanda, que en buena medida supera cuestiones como la poca financiación, las tecnologías locales o la distribución. Una vez estas posibilidades se instauren, el impulso editorial será vertiginoso.

 

En el caso de Estampas de Arturo, ¿qué pretenden transmitir estos poemas más allá de la propia compilación? ¿Crees que tus libros anteriores deberían tener otra publicación y encontrar nuevos lectores?

Soy completamente egoísta al escribir un poema. No pretendo en absoluto transmitir nada a nadie, salvo desentrañar la motivación o el impulso que provocó dicho acto y que de un modo misterioso lo desenvuelve: una bandada de pájaros irrumpió en mi habitación y traté de agarrar uno, mientras se escabullían por la ventana en medio de la algarabía y el alocado aleteo. ¿Y qué harías con un ave que intenta escapar y que agarras firmemente? A veces consigo que cante para mí; a veces simplemente acaba en una sopa.

Si se trata de compilar un poemario, tengo suficiente con intentar que quede algo congruente, que ate las partes a un conjunto más o menos previsible y con algo de sentido. Mantengo la indeterminación del «algo» por un motivo muy simple: cualquier cuestión, o cuestiones, que pudiese yo intuir o suponer como trasversales, probablemente se truequen en algo diferente para un lector ante el mismo conjunto, si es que ocurre. Es decir: no me atrevería a apostar por una «transmisión» coherente sino, si acaso, dispersa o difusa; y, probablemente, bastante ajena a lo que intenté o concebí. Tampoco está mal, siempre que algo de esto se consiga. Así, ciertamente, me esfuerzo en admitir una idea de conjunto, pero soy bastante flexible con los resultados. Fundamentalmente porque, como he comentado, escribo poemas sin orden ni concierto, cuyas voces no necesariamente empastan en el coro.

Estampas de Arturo muestra una serie de viñetas que, por una parte, referencian obras de nuestro amigo pintor Arturo Regueiro, poemas que comencé a escribir cuando él aún vivía, así como a otras vivencias o reflexiones propias, de por aquel entonces, y que no eran únicamente mías. Por eso al menos confío en que cualquier cubano que lea este libro, ante determinados términos y giros, se ubique, y capte o capture quimeras, fijezas y continuidades. También espero que no sea necesario conocer ninguna de estas referencias o ser cubano para que los poemas se los apropie un lector atento, en modos que se me escapan. Así, imagino que este, y mis otros libros anteriores, puedan, efectivamente, encontrar nuevos lectores.

En algún momento casi todos rondamos esta vieja historieta: una persona futura entrará a una casucha de libros viejos y de uso, paseará distraídamente, hojeará este o aquel libro, y casi al salir, casualmente, todavía con desgano, se fija en aquestos versos, lee algo, pasa algunas páginas, se sumerge, adopta otra postura, continúa leyendo, y comprende inmediatamente que de este libro amarillento, que parece escarbar en su alma, ya nadie podrá separarlo. Digamos que es un joven de un futuro no tan lejano, de esta misma nuestra galaxia, pero no tiene dinero, ni lo tendrá más adelante, vivirá siempre en casa de sus padres y no conseguirá descendencia, pero nada de lo que sucede o sucederá parece importar ahora: simplemente esconde su tesoro como puede, evade la supercámara de vigilancia, la eterna sospecha del tendero, y sale como si tal cosa, con todo este resplandor recién descubierto, de autor desconocido.

No tengo la tentación de esperar algo así de glorioso, ni con mis libros publicados, ni con mis libros inéditos ni con aquellos que todavía pueda concebir.

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